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Camuflar las dificultades en clase: cómo detectar el masking en el alumnado con TND

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Un alumno con un trastorno del neurodesarrollo (TEA, TDAH, dislexia…) que «parece llevarlo bien» en el aula puede estar realizando en realidad un esfuerzo de autocontrol invisible y extenuante. Es lo que conocemos como camuflaje o masking: una estrategia mucho más habitual de lo que creemos, sobre todo en niñas y en estudiantes de mayor edad. Que no muestren dificultades no significa que no las tengan; a menudo, revela justo lo contrario: una necesidad real que se intenta ocultar a toda costa.

Comprender el camuflaje y el masking

El camuflaje (término surgido en el ámbito del autismo) y el masking (empleado a menudo en el TDAH) describen el esfuerzo —consciente o convertido en automático— por disimular las características propias del neurodesarrollo para encajar y parecer «como los demás». Esto abarca desde imitar al milímetro las conductas sociales del grupo y preparar respuestas aprendidas de antemano, hasta reprimir movimientos de autorregulación (estereotipias), forzar el contacto visual o mantener una fachada de calma a pesar de experimentar un malestar interno considerable.

En el alumnado con dificultades de aprendizaje (como dislexia o disgrafía), el equivalente funcional es la sobrecarga cognitiva compensada en silencio. Tareas que deberían automatizarse (leer, escribir, calcular) siguen suponiendo una serie de pasos deliberados y costosos. La energía mental se consume en la mecánica de la tarea en lugar de en el aprendizaje de fondo, sin que esto resulte evidente a simple vista.

¿Quién suele recurrir más al masking? Las chicas y las personas que reciben un acompañamiento tardío, a menudo por patrones de socialización más orientados a la observación y la imitación entre iguales, así como el alumnado de Secundaria y Bachillerato, para quienes el camuflaje se convierte en una estrategia de supervivencia social cada vez más consciente.

Por qué pasa desapercibido y qué riesgos conlleva

El camuflaje funciona, y precisamente por eso despista la mirada cotidiana en el aula. A un estudiante que camufla bien se le suele describir como tranquilo, colaborador y aplicado, hasta que llega al límite de sus fuerzas. Diversos estudios asocian el esfuerzo continuo de camuflaje con niveles elevados de ansiedad, síntomas depresivos, agotamiento extremo y un desgaste de la propia identidad debido a la necesidad constante de fingir.

Una señal de alerta fundamental es la disparidad entre la escuela y el hogar: un desfase marcado entre el comportamiento en el centro (donde todo parece perfecto) y en casa (con crisis de llanto, agotamiento profundo o negativas a acudir al colegio) no es una contradicción que deba resolverse dando prioridad a la versión del aula. Muy a menudo es el indicio más claro de que el alumno sostiene un esfuerzo agotador durante la jornada escolar y se desmorona en su entorno seguro.

Señales para identificar el masking según el perfil

Aunque los mecanismos varían en función de cada perfil, el coste de fondo es el mismo: una gran cantidad de energía invertida en pasar desapercibido en lugar de aprender con tranquilidad.

En el espectro del autismo (TEA), especialmente en chicas: imitación minuciosa de sus compañeros, guiones sociales memorizados, sonrisa o mirada forzadas, autorregulación motriz reprimida (por ejemplo, mover los pies discretamente bajo la mesa en vez de balancearse) y un cansancio repentino nada más terminar las clases. Esto suele ocultar un malestar sensorial o una tensión social no expresada.

En el TDAH: toma de apuntes exhaustiva o listas interminables para evitar despistes, hiperpreparación y comprobaciones obsesivas, perfeccionismo, imitación sistemática del ritmo ajeno, repetir que «todo va bien» aunque haya saturación y corrección disimulada de los propios errores. Detrás suele haber un sobreesfuerzo continuo para frenar la impulsividad y mantener la atención.

En dificultades de aprendizaje (dislexia, discalculia, dispráxia): tiempo extra invisible para compensar la lentitud (relecturas constantes, rodeos para escribir), evitación sutil de situaciones de exposición pública (como leer en voz alta) y fatiga intensa al acabar la jornada sin haber manifestado ninguna queja durante las explicaciones. Revela una sobrecarga cognitiva ligada a procesos no automatizados.

Qué conviene evitar: errores habituales

Felicitar al estudiante únicamente por su aparente tranquilidad o disciplina, sin indagar nunca en la energía que le cuesta sostener esa imagen.

Animarle a «esforzarse un poco más» cuando en realidad ya se encuentra en un estado de sobreexigencia permanente.

Dar por hecho que, si un alumno parece adaptarse sin problemas, significa que no necesita apoyos ni adaptaciones.

Forzar una exposición de sus dificultades o pedirle que «deje de fingir» delante de sus compañeros sin su consentimiento ni un entorno de total seguridad.

Desestimar los comentarios de la familia sobre el agotamiento en casa con el argumento de que «en clase se porta estupendamente y va al día».

Adaptaciones prácticas según la etapa educativa

Educación Infantil: entender los momentos en que un niño se aparta como una estrategia válida de autorregulación y no necesariamente como un problema de socialización; habilitar un rincón de calma accesible sin explicaciones; no interrumpir una pausa discreta si el menor está tranquilo.

Educación Primaria: poner a disposición de toda la clase materiales de apoyo sensorial (fidgets discretos, cascos de reducción de ruido, temporizadores visuales) para normalizar su uso; coordinar un espacio donde tomar un respiro breve sin sentirse observado; comprobar cómo está mediante breves intercambios individuales en lugar de preguntarle frente al grupo.

Educación Secundaria: extremar la atención, ya que en esta etapa el camuflaje social se vuelve más deliberado; acordar adaptaciones discretas (tiempo adicional, pausas sensoriales pactadas) que no señalen al alumno en público; respetar las estrategias de compensación que ya le funcionan sin tacharlas de «manías».

Bachillerato y etapas superiores: acordar las medidas de apoyo de forma dialogada en lugar de imponerlas, comprobando su utilidad real en el día a día; identificar un espacio donde poder bajar la guardia (biblioteca, sala de descanso); anticipar el impacto del masking al planificar cargas de estudio y transiciones académicas.

El papel del personal de apoyo educativo

El personal de apoyo educativo o de atención a la diversidad suele ser el primero en percibir el coste real del camuflaje: la cercanía en el trabajo diario permite notar el desgaste que escapa a una mirada general.

Antes de la clase: acordar con el docente los momentos de mayor tensión (cambios de aula, dinámicas grupales ruidosas, exposiciones orales) para prever descansos breves o alternativas discretas.

Durante la sesión: ofrecer una presencia que no obligue al alumno a disimular; evitar comentarios en voz alta sobre su nivel de cansancio y plantear salidas discretas o tareas de descarga si se percibe sobrecarga.

Después de la jornada: trasladar al equipo docente y a la familia observaciones concretas y descriptivas sobre lo visto a lo largo del día, siempre desde el respeto a la intimidad del estudiante y sin exponerlo ante el resto del grupo.

Puntos clave para recordar

Un alumno que no muestra dificultades en el aula pero se desborda en el hogar merece atención y escucha: la calma aparente en el colegio puede ser el resultado de un enorme sobreesfuerzo.

El objetivo no es emitir diagnósticos en el aula, sino observar las señales de malestar y coordinarse con los equipos de orientación y las familias cuando se perciba una carga desproporcionada.

Es fundamental respetar el ritmo y las decisiones del propio estudiante respecto a compartir o no sus vivencias con sus compañeros.

Conviene evitar frases como «a todos nos cuesta concentrarnos a veces»: el camuflaje neurodivergente se caracteriza por ser diario, constante y profundamente desgastante, muy diferente de un cansancio puntual.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre el masking y la timidez o buena conducta?
La timidez no suele provocar un agotamiento físico y emocional extremo tras la jornada escolar. El masking implica un control consciente y continuo de gestos, miradas y reacciones para no llamar la atención, lo que suele traducirse en crisis o cansancio desmedido al llegar a casa.
¿Por qué es especialmente frecuente el camuflaje en las chicas?
Debido a expectativas sociales y patrones de socialización tempranos, muchas niñas y adolescentes desarrollan una gran habilidad para observar, imitar conductas normativas y reprimir comportamientos visibles, lo que con frecuencia retrasa la comprensión de sus necesidades reales.
¿Cómo actuar si una familia describe problemas en casa pero en clase no se aprecia nada?
Lo más constructivo es validar la experiencia familiar sin minimizarla. Ese contraste es precisamente la señal típica del masking: el estudiante agota todos sus recursos de autorregulación en el colegio y solo baja la guardia en un entorno de confianza.
¿Debe el docente empujar al alumno a dejar de camuflar sus dificultades?
No de forma forzada. El objetivo no es obligar a nadie a exponerse, sino crear un entorno flexible, comprensivo y predecible donde el estudiante sienta que no necesita fingir permanentemente para ser aceptado.

Fuentes

Contenido informativo. No constituye un diagnóstico ni un consejo médico y no sustituye un seguimiento profesional.

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